Sangre Argentea Capitulo 2


Capitulo 2

Me desperté súbitamente en la cama del hospital. El techo blanco inmaculado era todo lo que podía ver, mi cuello me dolía demasiado para poder moverlo y todavía sentía pinchazos en mi pecho cada vez que aspiraba. Pude ver de reojo que mi ropa embarrada estaba en una silla cerca de mí.

Me quede observando la nada por un buen rato e intente recordar cómo había llegado hasta aquí, la nebulosa de imágenes se iba aclarando en mi mente: Irene y yo caminando en el bosque, la paliza de los matones, Nahuel y los médicos que me salvaron. Todo había pasado tan rápido pero a la vez lento.

Suspire larga y pesadamente. No podía creer que hubiera terminado tan hecho polvo. Se escucharon unos golpes en la puerta y entro un médico seguido de Nahuel, Irene y Alejandra.

- ¿¡Que, que paso!? – grito enojada Alejandra después de que Irene le contase todo lo que sucedió.

- Así que intentaste ser el héroe para quedar bien con ella. rió Nahuel

- ¡NO! – dijimos al unísono Irene y yo. – Solo quería que ella se escapara – conteste

- Me dio tiempo para llamarte a ti – le reprochó ella a el.

- Okey okey – se disculpo Nahuel – pero por lo menos estas vivo – suspiro sonriente.

- Pero maltrecho como un trapo usado. – añadí riéndome.

Lo peor había pasado y por lo menos, además de mi, a Irene no la tocaron y eso me alegra.

Aun así, cuando se fueron todos para que pueda descansar, me invadió una sensación de incertidumbre. ¿Qué pasaría conmigo ahora? Esa nota todavía resonaba en mi cabeza y no se porque sentía una sensación de tristeza cada vez que pensaba en ella, Irene. Realmente era un cobarde, nunca pude confesarme y probablemente nunca lo haga... pero la quiero y la protegeré como sea necesario.

La ventana de mi habitación se abrió de un golpe y una ráfaga de viento helado deposito otra nota sobre mi brazo escayolado. La nota estaba mojada. Sus letras grises y su escritura desigual eran igual a la que recibí en el parque. Y esta dictaba:

"Solo un hombre no puede caminar en contra de la corriente, se más que un hombre. Debes trascender"

Esas palabras, aunque no quisiera admitirlo, fueron grabadas a fuego en mi corazón para siempre. ¿Trascender? ¿Ser más que humano? No sabía lo que significaban esas palabras pero algo si sabía, que la tormenta que se avecinaba no iba a poder pararla yo solo.

Y así, entre dudas, temor, tristeza y dolores físicos pude conciliar un sueño intranquilo y plagado de pesadillas. Pesadillas que comparado con lo que el destino estaba maquinando para mí, no eran más que chistes.

-

A los días que me dieron el alta. Salíamos junto con mi hermana del hospital hacia la casa de Nahuel, íbamos a festejar mi recuperación.

Hacia un lindo día y él nos invitó a pasarlo en su casa, yo todavía andaba con el brazo enyesado, sumado que todavía me costaba caminar. Quería verlos, quería agradecerle de verdad en persona a Nahuel e Irene.

Su casa era una de las más grandes en el barrio céntrico, ya que su familia era una de las más adineradas de la ciudad. Sus padres tenían una empresa de bienes raíces y su hijo había gozado de todos los bienes materiales, pero nunca había conocido el amor.

Nahuel nos abrió la puerta al primer timbrazo. Su sala de visitas era enorme y en uno de los cómodos sillones blancos estaba sentada Irene, vestía una hermosa remera con la bandera de Italia, sumado a una campera de jean. Y su cabello castaño claro, lo llevaba suelto y bien peinado. Estaba divina.

Alejandra me deposito en el sillón frente a ella, nos separaba la mesita de café. No era nada, pero para mí era un abismo insondable donde solo podía observarla. El dolor de mi extremidad era soportable. Pero el dolor de mi corazón, no.

- Ya era hora de que llegaran – dijo Rose cuando apareció desde la cocina.

Ella era una de las amigas cercanas a Irene y se sospechaba que gustaba de Nahuel. Como sea, yo solo seguía la seguía mirando a ella embobado hasta que mi hermana me pego un codazo.

- Auch – me queje - ¿Qué te hice ahora? –

- Deja de acosar a la chica – me regaño entre dientes, estabas un poco más babeando.

Sonrojado, me hice el ofendido y cambie mi vista hacia la puerta ventana que daba al jardín de la casa. Era esplendido. Quede perdido entre mis pensamientos hasta que llego Nahuel con una bandeja con bocadillos y una jarra de café.

- Vamos, hay que alegrarse de que nuestro amigo sigue vivito y coleando – se burló él.

- La cosa ya paso, no estoy tan maltrecho – dije mirándolo despectivamente.

- Relajen, relajen. – intervino Rose – que estamos aquí para pasarla bien y festejar la recuperación de Jonás.

- Es cierto, es más, ¿por qué no jugamos a algo? – comento Irene. – Estoy más aburrida que un celular sin datos.

- Tengo una idea – dijo Alegremente Nahuel. – Pude sacarle la llave del ático a mi padre, dice que guarda cosas raras allí. Podríamos ir a ver, quizás encontremos algo interesante.

- Me gusta la idea – añadí rápidamente.

Las chicas se miraron entre si y asintieron.

El ático del papa de Nahuel era un misterio hasta para su propio hijo, ni de pequeño pudo subir a ver que había y su madre tampoco había pedido nunca que lo limpiaran. La llave, una pequeña y de color negro mate, con detalles grabados en los dientes, parecía vieja, muy vieja.

Fuimos hasta el segundo piso. Alejandra e Irene tuvieron que ayudarme a subir, todavía hacer fuerza con mi pie me causaba algunos dolores. Y llegamos a los pies una pequeña escalera que subía hasta chocar contra una puerta de roble oscuro. Emitía un vaho siniestro. Nahuel se adelantó para abrir la puerta primero y se topó de frente con una nube de polvo y pestilencia.

- Puaj, realmente no lo limpian desde que yo nací – se rió entre dientes.

- Apresúrate, quiero ver que hay allí arriba – conteste

Subimos al famoso ático y lo que encontramos era decepcionante. Había basura y pedazos de muebles rotos por todas partes, cajas llenas de libros mohosos y partes de los instrumentos musicales de la mamà de Nahuel estaban tirados en un rincón hecho trizas. Sin contar claro está, la gruesa capa de polvo que recubría el ambiente.

Estuvimos horas revolviendo entre ese caos sucio hasta que Rose dio un grito triunfal.

- ¡Aja! – exclamo con la cara llena de sudor y polvo. – Miren lo que encontré- dijo victoriosa alzando una caja del tamaño de un maletín por encima de su cabeza. Soplo la tapa de la caja y una polvareda se esparció en todo el espacio haciéndonos toser.

Debajo de la capa de mugre había letras talladas en la madera, unas letras grandes y gruesas, ya despintadas por el tiempo y oscurecidas por la humedad. Apenas se podía leer lo que decía.

- ¿Qué es eso? – pregunto Nahuel sacudiéndose la suciedad de la ropa.

- Una Ouija, una muy vieja – dijo entrecerrando los ojos Alejandra. – y no cualquier Oujia, sino la de los doce colores.

- ¿Eso la hace más rara? – pregunte.

- Más peligrosa, según lo que leí, esa ouija permite contactar a dioses de una época antigua.

- Genial – a Nahuel le brillaban los ojos.

- Veámosla mejor abajo, ya me está enfermando esto – dijo tosiendo Irene.

Bajamos de nuevo a la sala de estar, sin antes sacudirnos la ropa polvorienta. Rose coloco la caja en la mesita ratona, y la abrió, dentro de ella había un tablero con las letras del abecedario y por encima de ellas una hendidura en forma de circulo. También había pequeñas piezas en forma de círculo de distintos colores. El que más llamaba la atención era una pieza negra con detalles dorados en los bordes.

- No creo que sea buena idea – advirtió Alejandra – Estas cosas siempre salen mal.

- Vamos, ¿en serio te vienes a hacer la supersticiosa ahora? – se burló Nahuel.

- No vamos a echarnos para atrás ahora. Esperemos a hasta la noche para jugar. – acordó Rose – a la noche se puede contactar mejor a los espíritus.

-

Cuando el reloj marco las 4 am, estábamos reunidos en ronda. Sentados en el piso alrededor de la famosa y extraña ouija de los doce colores.

- Muy bien – dijo Rose – según este manual que encontré dentro de la caja – Señalo un librito con tapa de cuero y hojas amarronadas. – cada pieza representa a un antiguo dios. Y según que queramos preguntar tendremos que encastrar la pieza dentro del hueco del tablero y colocar nuestros dedos en las esquinas del señalador. – explico Rose colocando una especie de triangulo que permitía señalar cada letra.

Esa noche fue inolvidable para mí, para mis amigos y para mi hermana, fue esa misma noche, cuando acordamos poner los dedos en el señalador al mismo tiempo que Rose colocaba la pieza negra en la hendidura. Fue esa noche donde todo mi mundo se fue al infierno, literalmente.

Justamente, en ese mismo momento, me olvide de la nota, de los mensajes de advertencia y de la tormenta inminente que iba a caer encima de mí.

Francisco Mazufri / Hotfix / No se aceptan copias ni adaptaciones- Original en wattpad @ElViajanteErrante / Viaggero








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